lunes, 28 de enero de 2013

El cuento como medicina



A mis ojos, Las historias son una medicina.
… Siempre que se narra un cuento se hace de noche. Dondequiera que esté la casa, cualquiera que sea la hora, cualquiera que sea la estación, la narración del cuento hace que una noche estrellada y una blanca luna se filtren desde los aleros y permanezcan en suspenso sobre las cabezas de los oyentes. A veces, hacia el final del cuento, la estancia se llena de aurora, otras veces queda un fragmento de estrella o un mellado
retazo de cielo de tormenta. Pero cualquier cosa que quede es un don que se debe utilizar para trabajar en la configuración del alma …

A mi juicio, el cuento, en todas las modalidades posibles, sólo puede ser fruto de un considerable esfuerzo intelectual, espiritual, familiar, físico e integral. Nunca brota fácilmente. Nunca “se recoge” o se estudia en los “ratos libres”. Su esencia no puede nacer ni se puede mantener en la comodidad del aire acondicionado, no puede alcanzar profundidad en una mente entusiasta pero no comprometida y tampoco puede vivir en ambientes sociables pero superficiales. El cuento no se puede “estudiar”. Se aprende por medio de la asimilación, viviendo cerca de él con los que lo conocen, lo viven y lo enseñan, mucho más en las tareas de la vida cotidiana que en los momentos visiblemente oficiales.

La beneficiosa medicina del cuento no existe en un vacío . No puede existir separada de su fuente espiritual. No se puede tomar como un simple proyecto de mezcla y combinación. La integridad del cuento procede de una vida real vivida en él. El hecho de haber sido educados en él confiere al cuento una luz especial.

Según las más antiguas tradiciones de mi familia, que se remontan, por cierto, a épocas muy lejanas, “a todas las generaciones que existen” tal como dicen mis abuelitas, los momentos del cuento, las narraciones elegidas, las palabras exactas que se utilizan para transmitirlas, los tonos de voz que se emplean en cada una de ellas, los principios y los finales, el desarrollo del texto y especialmente la intención que hay detrás de cada una de ellas, suelen estar dictados por una profunda sensibilidad interior más que por un motivo o una “ocasión” exterior.

Algunas tradiciones establecen momentos concretos para la narración de los cuentos. En mi familia carnal los cuentos del Día de los muertos se empiezan a contar tradicionalmente al principio del invierno y se siguen contando a lo largo de toda esa oscura estación hasta el regreso de la primavera.

En la utilización del cuento como medicina, lo mismo que en la exhaustiva preparación psicoanalítica y en otras artes curativas rigurosamente impartidas y supervisadas, se nos enseña a comprender cuidadosamente lo que hay que hacer y cuándo, pero, por encima de todo, se nos enseña lo que no hay que hacer. Eso, quizá más que cualquier otra cosa, es lo que distingue los cuentos como diversión —una actividad en sí misma muy digna— de los cuentos como medicina.

En mi cultura “más antigua”, por más que hayamos establecido un puente con el mundo moderno, hay en esencia un eterno legado narrativo, en el que un cuentista transmite sus cuentos y el conocimiento de la medicina que éstos encierran a una o más semillas. Las “semillas” son personas que “tienen un don innato”. Son los futuros guardianes de los cuentos en quienes los vicios tienen depositadas sus esperanzas. Es fácil identificar a los que poseen talento. Varios ancianos se ponen de acuerdo y los acompañan, los ayudan y los protegen durante su aprendizaje.

Estas formas y extensiones de tiempo “de aprendizaje” no se pueden apartar a un lado o modernizar. No se pueden aprender en unos cuantos fines de semana o unos cuantos años. Exigen largos períodos de tiempo para reflexionar y es por eso por lo que el trabajo no se banaliza, cambia o utiliza erróneamente tal como ocurre cuando no está en buenas manos o se utiliza por motivos equivocados o cuando alguien se lo apropia con una mezcla de buena intención e ignorancia. De eso no puede salir nada bueno.

La elección de las “semillas” es un proceso misterioso que escapa a cualquier definición exacta menos para aquellos que lo conocen a fondo, pues no está basado en una serie de normas ni en la imaginación sino en una antiquísima relación directa entre las personas. La mayor elige a la más joven, la una elige a la otra, a veces la una busca a la otra, pero con frecuencia ambas se tropiezan y se reconocen como si se conocieran desde hace siglos. El deseo de ser así no es lo mismo que serlo.

Por regla general, los miembros de la familia que tienen este talento se identifican en la infancia. Los mayores que poseen este don tienen los ojos despellejados y buscan a menudo al que está “sin piel“, al que tiene una profunda sensibilidad y observa no sólo las pautas más amplias de la vida sino también sus más pequeños detalles.

La preparación de las curanderas, cantadoras y cuentistas es muy similar, pues en mi tradición los cuentos se consideran escritos como un tatuaje del destino, un delicado tatuaje en la piel de la persona que los ha vivido.

En la tradición de las cuentistas/cantadoras, hay padres y abuelos y, a veces, madrinas y padrinos, y estas personas son la que te ha narrado el cuento y te ha explicado su significado y su impulso, la que te lo ha regalado (la madre o el padre del cuento) y la persona que se lo enseñó a la persona que te lo enseñó a ti (el abuelo o la abuela del cuento). Así es como debe ser.

El hecho de pedir explícitamente permiso para contar el cuento de otra persona y atribuirse dicho cuento, en caso de que se conceda tal permiso, es de todo punto necesario, pues de esta manera se conserva el ombligo genealógico; nosotros estamos en un extremo y la placenta que da la vida en el otro. El numen de su vida y su conocimiento directo de los cuentos que narra son la “medicina” del cuento.

En todos los verdaderos cuentos y las tradiciones curativas que yo conozco, la narración de la historia empieza con la mención del contenido psíquico tanto colectivo como personal. El proceso exige mucho tiempo y energía tanto intelectual como espiritual; y no es en modo alguno una práctica ociosa. Cuesta mucho y lleva mucho tiempo. Aunque a veces se producen intercambios de cuentos, en los que dos personas que se conocen muy bien se intercambian cuentos a modo de regalos, ello se debe a que han desarrollado, en caso de que no la tengan con carácter innato, una relación de parentesco. Tal como debe ser.

Cuando utilizamos los cuentos manejamos una energía arquetípica que podríamos describir metafóricamente como una especie de electricidad. Esta corriente eléctrica puede animar e ilustrar, pero si se transmite en el lugar, el tiempo o la cantidad equivocados, mediante el narrador equivocado, el cuento equivocado, el cuentista equivocado —es decir, una persona que sabe en parte lo que tiene que hacer pero ignora lo que no tiene que hacer—, la corriente, como todas las medicinas, no tendrá el efecto deseado o tendrá incluso un efecto perjudicial. A veces los “coleccionistas de cuentos” no saben lo que piden cuando solicitan un cuento de esta dimensión o intentan utilizarlo sin haber recibido previamente la bendición.

El arquetipo nos hace cambiar. El arquetipo nos infunde una integridad y una resistencia reconocibles. En caso de que no se produzca un cambio en el narrador, significa que no ha habido fidelidad, ni auténtico contacto con el arquetipo, ni transmisión sino tan sólo una traslación retórica o una interesada exaltación de la propia persona. La transmisión de un cuento es una larga responsabilidad de mucho alcance. Me limitaré a señalar lo más importante: tenemos que cerciorarnos de que las personas estén total y absolutamente conectadas con la electricidad de los cuentos que llevan consigo y narran a los demás.

A veces un desconocido me pide uno de los cuentos que yo he sacado de la mina, configurado y llevado conmigo muchos años. Como guardiana que soy de estos cuentos que me han dado tras haberme exigido una promesa que yo he mantenido, no los separo de las palabras y los ritos que los rodean, especialmente de los que se han desarrollado y alimentado en las raíces de la familia. Esta opción no depende de ningún plan de cinco puntos sino de una ciencia del alma. La relación y la afinidad lo son todo.

El arte curativo que una persona puede practicar, la medicina del cuento que puede aplicar, depende totalmente de la cantidad de yo que dicha persona esté dispuesta a sacrificar y a poner en él y, cuando hablo de sacrificio, me refiero a todos los matices de dicha palabra. El sacrificio no es un sufrimiento que se elige y tampoco es un “sufrimiento conveniente” cuyo término está controlado por el “sacrificado”. El sufrimiento no es un gran esfuerzo y ni siquiera una molestia considerable. Es en cierto modo algo así como “entrar en un infierno no creado por nosotros mismos” y regresar de él totalmente purificados, totalmente centrados y entregados. Ni más ni menos.

En mi familia hay un dicho: el portero de los cuentos te exigirá un pago, es decir, te obligará a vivir una cierta clase de vida, una disciplina diaria y muchos años de estudio, no el estudio ocioso que le interese al ego sino un estudio en el que tendrás que amoldarte a unas pautas y unos requisitos determinados. Nunca insistiré lo bastante en ello.

En las tradiciones narrativas de mi familia, en las tradiciones de la mesemondók y de la cuentista que he aprendido y venido utilizando desde pequeña, existe la llamada Invitada, es decir, la silla vacía, presente de alguna manera en todas las narraciones. A veces, en el transcurso de un relato, el alma de un oyente o más de uno se sienta allí porque lo necesita. Y aunque yo tenga material cuidadosamente preparado para toda la tarde, a veces modifico la narración para adaptarme, curar o jugar con la sensación de espíritu que me produce la silla vacía. “La invitada” habla en nombre de las necesidades de todos.

Yo le digo a la gente que extraiga los cuentos de sus propias vidas e insisto sobre todo en que lo hagan mis alumnos, especialmente los cuentos de su propia herencia, pues si siempre recurren directamente a los cuentos de los traductores de Grimm, por ejemplo, perderán para siempre los cuentos de su herencia personal en cuanto se mueran los ancianos de su familia. Yo siempre respaldo con todas mis fuerzas a los que recuperan los cuentos de su herencia, preservándolos y salvándolos de la muerte por abandono. Como es natural, en toda la faz de la tierra son siempre los viejos los que representan los huesos de todas las estructuras curativas y espirituales.
Contempla a tu gente, contempla tu vida. No es casual que este consejo sea el mismo entre los grandes curanderos y los grandes escritores. Contempla la realidad que vives tú misma. La clase de cuentos que se encuentran ahí no pueden proceder jamás de los libros. Proceden de relatos de testigos directos.
La extracción de cuentos de la mina de la propia vida y de la vida de los nuestros y también del mundo moderno en su relación con nuestra vida exige molestias y duras pruebas. Sabes que vas por buen camino si has tenido las siguientes experiencias: nudillos arañados, dormir en el frío suelo —no una vez sino una y otra vez—, búsqueda a tientas en la oscuridad, paseos en círculo por la noche, revelaciones estremecedoras y espeluznantes aventuras a lo largo del camino. Todo eso tiene un valor inestimable. Tiene que haber un poco y en algunos casos mucho derramamiento de sangre en todos los cuentos, en todos los aspectos de la propia vida para que ésta tenga numen y la persona pueda ser portadora de una auténtica medicina.

Confío en que salgas y dejes que te ocurran cuentos, es decir, vida, y que trabajes con estos cuentos de tu vida —la tuya, no la de otra persona—, que los riegues con tu sangre y tus lágrimas y tu risa hasta que florezcan, hasta que tú misma florezcas. Ésta es la tarea. La única tarea .
Resumen El cuento como Medicina
Mujeres que corren con los lobos
Clarissa Pinkola Estés
Imagen byRudolph-Carl-Gorman

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