jueves, 14 de febrero de 2013

Las Brujas no se Quejan: Cuarta Regla


4. LAS ANCIANAS CONFÍAN EN LOS PRESENTIMIENTOS
Las ancianas confían en su instinto por lo que res­pecta a personas y principios. Es una confianza que aumenta a medida que una se vuelve más vieja y más sabia es decir, que aumenta a partir del aprendizaje de la vida. Una dolorosa lección tomada a pecho hace mella en nosotras. La mujer madura se reirá con tristeza 
ante el agudísimo comentario de Isabel Allende, que pone en boca de una abuela que sale en su novela La ciudad de las bestias: «La experiencia era aquello que aprendiste justo después de necesitarla». (¡Amén a eso!)

Al revisar todo lo aprendido, son muchas las muje­res que se dan cuenta de que apenas contaban con pis­tas que les sugirieran que estaban viviendo situaciones potencialmente peligrosas, o bien que fueron impulsi­vas e irresponsables. Incluso hay quien reconoce que mostró indiferencia frente a un sentimiento incómodo, o hizo caso omiso de la punzada del miedo, y que en lugar de mostrarse maleducada, alocada, esnob, intere­sada, egoísta o ignorante, eligió convertirse en una víctima. Una mala experiencia proporciona una buena do­sis de sabiduría a la mujer que se convierte en anciana: esto es una nueva forma de discriminar a la mujer que no se ha vuelto más sabia gracias a la experiencia.

La falta de sinceridad de la expresión "confíe en mí" reina por doquier. Por suerte, confiar en nuestros instintos es algo que mejora con la práctica. La mujer que presta atención a la anciana que lleva en su in­terior puede mostrarse educadamente grosera y decir: «No, gracias», para, acto seguido, colgar al interlocutor de turno sin escuchar ni una palabra más. Puede cambiar de médico o abogado, o bien buscar una segunda opinión cuando "presiente" que es necesaria otra consulta. Hace caso de la sensa­ción que la embarga cuando siente que corre peligro si se queda donde está, o bien reconoce que algo pasa cuando manipulan sus sentimientos. Una mujer sabia se conoce a sí misma, y la experiencia le ha enseñado a prestar atención a esta clase de mensajes que provienen de ella. Conoce la diferencia entre tropezarse con una señal de advertencia y ser por naturaleza cautelosa.

La intuición de la mujer ha sido muy calumniada. Es una forma de sabiduría que tiene que ver con los se­res vivos, las plantas, los animales, las personas, la en­fermedad, el nacimiento y la muerte. También está re­lacionada con el hecho de mostrarse receptiva a la energía y a otros dominios invisibles. Una mujer nor­mal y corriente que asiste a una persona moribunda echa mano de la sabiduría de la anciana pues sabe de un modo instintivo o intuitivo lo que tiene que hacer. Esto guarda cierto paralelismo con un gran número de madres primerizas que son sabias en un sentido mater­no, algo que es tan común y que pasa inadvertido, has­ta que una madre joven se niega a seguir el consejo de una autoridad en la materia porque una vocecita inte­rior le dice que eso, en concreto, no le conviene a su hijo.

Lo que aprendemos a través de la educación y la investigación científica es logos. Lo que, en cambio, aprendemos gra­cias a los sentimientos intuitivos y las experiencias mís­ticas o espirituales es gnosis. El logos es racional, obje­tivo, lógico, expresable en palabras o números, mientras que la gnosis es subjetiva, no racional, no verbal, dotada de matices, expresable a través de la poesía, las imáge­nes, las metáforas y la música, y a menudo no es de­mostrable por naturaleza.

Cada experiencia sagrada es subjetiva: el sentido de unicidad con el universo, o bien con la divinidad, la adoración espiritual, un momento intemporal inspirado por la belleza, la captación del mo­mento espiritual y la gracia son gnosis. Indescriptibles, aunque profundamente transformadoras, son las expe­riencias anímicas. Las ancianas confían en su voz inte­rior a partir de experiencias como éstas.

SHINODA BOLEN Las brujas no se quejan
Imagen Ruth Inge Heinze by Diana Vandenberg book Crone 
Colección Sabias y Fuertes Mujeres de Edad avanzada

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