domingo, 24 de febrero de 2013

Las Brujas no se Quejan: Octava Regla


8. LAS ANCIANAS DICEN LA VERDAD CON COMPASIÓN
La mayoría de las mujeres se convierten en grandes expertas de las conversaciones que sirven para darse ánimos, práctica que en sí misma conduce a la superfi­cialidad cuando, por lo general, las verdades incómo­das o las diferencias de opinión no se pronuncian por una cuestión de educación. El desafío, que nos hará ancianas, consiste en aprender a mostrarse sincera y compasiva. La observación es el primer paso: escuchar 
de verdad lo que nos cuentan. ¿Acaso deseamos pro­fundizar en la conversación? ¿Actuamos por educa­ción o por cobardía? ¿Vale la pena intervenir en este momento? La sabiduría de la anciana interior está en saber cuándo hay que hablar y qué hay que decir.
La verdad es afilada: es un instrumento que puede causar dolor, heridas, desfiguraciones o amputaciones; o bien puede ser el escalpelo del cirujano que extrae un cuerpo maligno o reconstruye una cara destrozada, y con ello restaura la salud o la autoestima.

Las mujeres tienen tendencia a ocultar la verdad a aquellos que más les importan emocionalmente, y, al actuar de este modo, alimentan y fortalecen sus debili­dades. Si estás padeciendo una relación abusiva, no sólo permites que lo peor de la otra persona te oprima, sino que además refuerzas su comportamiento. La an­ciana que hay en toda mujer lo sabe. Escúchala, y de­cide no colaborar con el abuso. Sobre todo si proviene de un hijo o una hija, y esa mala conducta ha reorgani­zado este mal comportamiento. La anciana sabe cuán­do sucede algo que debe afrontar.
Si escuchas a la an­ciana interior, tendrás que recordar el principio siguiente: «Hacer es transformarse»; es decir, al actua­lizar la conducta de la mujer madura, nos volvemos mujeres valientes y sabias.

No querer que una amiga se sienta incómoda y ocultarle la verdad, no le va a servir de nada: las ami­gas se dicen la verdad. ¿Tiene mal aliento? ¿No presta atención a su aspecto? ¿Te preocupa la cantidad de al­cohol que ingiere? Podríamos estar ante las primeras señales de una depresión causada por la soledad o una pérdida, ante los síntomas que remiten a problemas médicos, metabólicos o nutricionales, ante los efectos secundarios de un medicamento recetado, ante el uso del alcohol como sustitutivo de una medicación o ante la preocupación por un problema no compartido. Una anciana desea saber la verdad (para ayudarse a sí misma y a los que ama); lo cual significa que irá ella sola o acompañará a una amiga al médico, al abogado o a una reunión de Alcohólicos Anónimos.

Las ancianas se valoran a sí mismas, y valoran sus relaciones: ¿quién nos importa y a quién importamos en realidad? Entre las conocidas y amigas, ¿hay alguna que nos deja vacías y que, sea porque se siente con de­recho, sea por sus persistentes invitaciones, sea por su necesidad, nos manipula para que pasemos el rato con ella?
Si ya es hora de que demos por finalizadas algunas relaciones y de disponer de tiempo para nosotras mis­mas y para aquellos que en realidad nos importan en la vida, necesitamos enfrentarnos a eso, y esos propósitos son los que hemos de llevar a cabo. Los principios son: ser sincera y amable; el desafío estriba en cómo poner­lo en práctica, y saber si es posible.
Lo más fácil de recortar son los tira y afloja socia­les. En este caso, lo único que se puede hacer es desa­parecer. Los conocidos que nos envían postales duran­te las vacaciones entran en esta categoría. Lo único que hay que hacer es dejar pasar dos años sin enviarles no­ticias nuestras. El mismo principio es aplicable a las excusas que nos hemos de inventar ante una invitación. El mensaje de que no estamos libres es ambiguo, y está abierto a las interpretaciones. Cuando el desaparecer funciona, no hay tensión si nos cruzamos en actos en los que asistan las dos partes.
Las relaciones más difíciles, las que te agotan, pare­ce, no obstante, que nunca terminan tan fácilmente, y éstas sí que son un verdadero desafío
Es mejor atribuir la retirada a ciertos cambios que suceden en nosotras, quizá por causa de un retraimien­to, por la necesidad de estar solas para desarrollar nuestra creatividad o algún compromiso que requiere de todo nuestro tiempo, arguyendo además la petición de que nuestro esfuerzo se respete.
Las ancianas atrevidas son personas atractivas, divorciadas o viu­das, interesadas o no en encontrar a un nuevo compa­ñero. Los encuentros ocurren del modo más tra­dicional, esa manera que tienen las personas que no es­tán casadas de conocerse: a través de amigos comunes. Así, es posible que conozcamos hombres con unas in­tenciones que no sean de nuestro agrado y, no obstan­te, entren en nuestra vida, se enamoren y se muestren persistentes, sin darse cuenta, o sin querer captar el mensaje, de que no estamos interesadas. Una anciana termina esta clase de relaciones limpiamente, con cla­ridad y mucho respeto. No se siente culpable, ni res­ponsable, de la falta de reciprocidad de sus sentimien­tos. Sabe que ella no le condujo a eso, ni le debe nada, aunque él piense de otra manera y así se lo comunique. La mujer se muestra clara y sin ambivalencias frente a esa historia que ha terminado.
Si eres una mujer que no sabe actuar con decisión, cederás cuando él insista y saldrás con él, o bien te dará pena y lo volverás a ver; o incluso le dirás que no te 11ame, y, cuando él te telefonee, mantendréis conversa­ciones larguísimas. Quizá pienses que puede parecer mezquino o, como mínimo, desconsiderado actuar de otro modo. En ese caso te ofrezco una imagen que po­dría ayudarte a mostrarte firme y decidida. Piensa en la costumbre de recortar la cola de los cachorros cócker spaniel: no sería muy correcto ir cortándoles la cola a trocitos, sobre todo cuando la tarea puede realizarse con un corte limpio, contundente y definitivo.

El poder curativo y liberador de la verdad
Muchas ancianas saben que la verdad nos libera. Hay que ser valiente para mostrarse como una es cuan­do «no se lo digas a nadie» o «¿qué dirán los veci­nos?», son frases con las que nos han martilleado du­rante la infancia. Muchas mujeres necesitan sentir compasión por la niña traumatizada o avergonzada que todavía albergan en sí mismas, así como romper las cortapisas que la vergüenza todavía les impone. Cuan­do tal es el caso, la verdad se bloquea y nos queda una herida emocional sin sanar.

Las ancianas no viven fingiendo, ni se encogen de miedo ante la idea de la condena o el rechazo, echando marcha atrás en los momentos significativos en los que se mantienen conversaciones incómodas. Sentirse avergonzada supone estar oprimida por partida doble: primero por lo que fue, y segundo por la sensación de poca valía que eso despierta en nosotras. Muchas mu­jeres han sufrido malos tratos en su infancia, o proce­den de familias pobres, alcohólicas o sin educación, o bien han abortado, son lesbianas en secreto, o crecie­ron guardando secretos familiares. En algún momento de sus vidas, la mayoría recuerda que temió que estas verdades llegaran a saberse. No obstante, las ancianas también recuerdan el momento y la persona con quien rompieron este tabú de silencio como el primero en el que se sintieron plenas. Decir la verdad es ser capaz de afirmar que «yo soy así».
Nunca es lo que sucedió, sino el modo como reac­cionamos ante lo que ocurrió lo que importa. Oculto en forma de secreto, te conviertes en una víctima, sola con tu sufrimiento. Cuando encuentras el coraje suficiente para decir la verdad, empiezas a liberarte del pa­sado que antes te retenía como rehén.

Las ancianas tienen por costumbre decir la verdad.
SHINODA BOLEN Las brujas no se quejan
Imagen by Sandra Bierman

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