jueves, 21 de febrero de 2013

Las Brujas no se Quejan: Septima Regla



7. LAS ANCIANAS DECIDEN SU CAMINO CON EL CORAZÓN
Las ancianas son mujeres que aprendieron de su propia experiencia y que saben aplicar las enseñanzas pasadas en el presente. Ver las consecuencias de sus actos les ayuda a aprender determinadas lecciones que asumirán a pies juntillas. Son mujeres apasionadas, valientes o de rectos principios que, sin embargo, en el pasado no fueron conscientes del daño que podían causar actuando impulsivamente. Como dijo en una ocasión una mujer arrepentida: «Todo me daba igual».
Se habrían podido evitar graves consecuencias si tan sólo las mujeres hubieran ido más despacio y 

actuado de manera más reflexiva a la hora de tomar una decisión. También aprendieron la lección aquellas mujeres que se dejaron convencer y abandonaron lo que para ellas era importante en el pasado, y, ahora ancianas, se niegan a ser manipuladas o empujadas a actuar según los dictados de otro.
Las ancianas saben que se encuentran en una encrucijada y saben igualmente que la decisión que to­men les costará sacrificar alguna de las distintas alternativas  Elegir un camino significa abandonar el otro. Cada decisión fundamental posee sus propias y concretas características: lo concreto difiere, pero lo esen­cial permanece igual. Hemos de conocernos a nosotras mismas y saber en todo momento qué es lo que nos importa con el fin de elegir sabiamente.

Seguir un camino trazado con coraje, mantenernos despiertas y estar satisfechas son conceptos relacionados entre sí. He utilizado las enseñanzas que don Juan imparte a su aprendiz Carlos Castañeda desde que las leí, allá por los años sesenta. Mi versión es la siguiente  Existen muchos caminos entre los que elegir, pero ni uno solo lleva a ninguna parte. No obstante, debemos escoger con muchísimo cuidado qué sendero tomar  Si elegimos uno con el corazón, quizá sea difícil, pero imperará la alegría y, mientras viajemos, maduraremos y llegaremos a identificarnos con él. Si escogemos un camino por miedo, en cambio, la angustia será nuestra compañera de viaje, y nada importará el poder, el prestigio y las posesiones que consigamos, porque todo eso nos hará sentirnos limitados.

Ya lo dice el refrán: es el viaje, y no el destino, lo que importa.
La idea de que somos seres espirituales que segui­mos un camino humano en lugar de seres humanos que quizá siguen una senda espiritual, me ha intrigado des­de el día en que pasó a formar parte de mis pensamien­tos. Si poseemos un alma inmortal y si la vida tiene un propósito, ¿por qué estamos aquí? ¿Acaso cada uno de nosotros debe encontrar una respuesta personal a la cuestión: «¿Qué es lo que hemos venido a hacer?».
¿Podría encontrarse el amor en la raíz de cada una de las preguntas relacionadas con el significado de una vida en concreto o un momento especial? Ser humano es amar y, por consiguiente, ser vulnerable a la pérdida y al sufrimiento. ¿Acaso el sufrimiento que sentimos y el que causamos podría ser el medio a partir del cual aprender? La curación y el perdón, ¿podrían formar parte de ese camino? ¿Tal vez la confianza y la valentía sólo aparecen cuando corremos el riesgo de sufrir una pérdida? ¿Podría aumentar la compasión a través de ex­periencias humanas compartidas? ¿Es posible que nuestro modo de reaccionar frente a lo que no podemos impedir constituya una parte de esta historia? ¿Serían válidas entonces estas dos preguntas: «Qué hemos venido a aprender» y «Quién o qué hemos venido a amar»?

Son cuestiones que ¡ojalá! podamos responder correctamente al final de la vida. También son cuestiones que nos podemos plantear en cada una de nuestras relaciones o compromisos fundamentales. (¿Qué he venido a hacer: aprender, amar o curar?) Son preguntas que, en realidad, sólo la persona implicada puede responder.
Ser humano supone una experiencia corporal y anímica  única para cada persona. Desde el punto de vista físico no hay nadie igual a otro. Cada uno de nosotros posee su propia historia, que es única, y la realización de esta historia entrará en relación directa con el hecho de si hemos elegido el sendero con el corazón. Venimos al mundo con una personalidad determinada: nuestra manera de ser innata se advierte ya en la infancia.

Las aficiones las vamos desvelando a lo largo del camino como reacción frente a lo que nos encontramos. ¿Con qué recursos hemos llegado al mundo? ¿Qué es lo que encontramos fascinante? ¿Qué nos proporciona alegría  ¿Qué es eso que sabemos que nos importa profundamente  Si somos seres espirituales que seguimos un camino humano, las respuestas a las preguntas que conforman el viaje no proceden del exterior, ya que la sabiduría se encuentra en nuestro interior.
La senda exterior que tomamos es el conocimiento público, pero el camino del corazón es interior. Los dos se unen, sin embargo, cuando la persona que somos y que dejamos ver en el mundo coincide con quien somos en lo más profundo de nuestro ser. A medida que nos volvemos más sabias, somos más conscientes de que las encrucijadas importantes del camino, en general  no se basan en elecciones que aparecerán recogidas en los anales públicos; son decisiones y luchas que tienen más que ver con haber elegido el amor o el miedo, la rabia o el perdón, el orgullo o la humildad. Son elecciones que modelan el alma.

En la Grecia clásica, en los cruces importantes o en las encrucijadas más representativas de la carretera, el viajero podía encontrarse con una estatua de Hécate, la diosa de las encrucijadas, una imagen curiosa con tres caras, que simbolizaban su capacidad de ver las tres direcciones a la vez. La diosa podía ver el sendero que te había conducido hasta ella, y miraba hacia los dos caminos que podías tomar. Era una anciana, cuyo símbolo también era el de la luna menguante. Es asimismo una imagen de esa faceta sabia de nosotras mismas que ha aprendido a partir de la experiencia y la observación  que escucha lo que sabemos intuitivamente y que tiene en cuenta la realidad, a nosotras mismas y el bienestar de los demás antes de actuar. Una mujer que se ha vuelto más sabia, así como más madura, es consciente de hallarse ante una importante encrucijada en el camino.

Tal vez sea el momento de la verdad: cualquier cosa que diga provocará un impacto, y una vez se haya pronunciado, no podrá volverse atrás. Quizá se trate de una ocasión para elegir: "votar con los pies" o "lanzarse desde un precipicio", y después ya nada volverá a ser como antes. Es posible que se trate de un objetivo que pretende llevar a cabo: desprenderse del pasado y perdonar.
Si te encuentras en un cruce de caminos, deseo que sepas cuál es el sendero que entronca con tu corazón, y que tengas la valentía de seguirlo.

SHINODA BOLEN Las brujas no se quejan
Imagen by Tanya Torres

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