martes, 12 de febrero de 2013

Las Brujas no se Quejan: Tercera Regla



3. LAS ANCIANAS TIENEN MANO PARA LAS PLANTAS

Si eres una mujer de edad y atrevida, quizá no seas jardinera, pero sin duda alguna tendrás mano para las plantas. Las ancianas se encuentran en la fase creativa de la vida, la época de propiciar el crecimiento. Las plantas y las personas reaccionan ante esas ancianas de mano experta. (Como también reaccionaría el


planeta mismo si un número importante de mujeres maduras se aplicara en esta tarea.) Las ancianas alimentan el creci­miento. Quitan muy bien las malas hierbas. Podan. Sa­ben que las diferentes plantas y personas necesitan condiciones distintas para fructificar. Protegen todo aquello que es vulnerable hasta asegurar su supervi­vencia. Las ancianas han aprendido a tener paciencia y pueden esperar el paso de las estaciones. Saben que lo pequeño deviene grande, que hay cosas que pueden florecer o dar fruto antes de morir.
La jardinería es una metáfora, pues representa lo que podríamos hacer en realidad en un ámbito más personal. Trabajar con las manos, cavar la tierra para introducir en ella las plantas de cultivo o las semillas, sentir el sol y la brisa, quizá incluso sudar y ensuciar­se, son placeres tan intensos, si no superiores, como el hecho de comer tomates maduros o poner un ramito de flores recién cortadas en casa. Si te encanta la jardine­ría (o cualquier otra cosa que te llegue al alma), pierdes la noción del tiempo, y el momento presente te absor­be. Es esa misma cualidad la que marca la diferencia entre lo que te alimenta, o te da energía, y lo que te deja vacía. Una tarea que para alguien puede ser pesada es divertida para otro.

Una profesora, terapeuta, editora, maestra, directora o madre, o incluso una clarividente que sepa desarrollar el potencial del otro, dotadas todas ellas de mano ex­perta, son como las jardineras que aman su trabajo: sa­ben reconocer lo frágil y titubeante y comprenden que deben tratarlo con ternura, ven lo que posee algún valor y tiene pleno sentido, y también lo que debe ser elimi­nado en la poda con las tijeras.
La gente crece y florece contigo cuando se dan estas condiciones; y a ti, al mis­mo tiempo, también te influye esa presión que te desa­fía a madurar.

A medida que las mujeres inician sus años de vejez la implicación en esta tarea irá cambiando. Los hijos se convierten en adultos independientes, llega, o planea en el horizonte, la jubilación, mudarse es una opción o una necesidad, y suceden acontecimientos predecibles e impredecibles. No es sólo que cambien las circuns­tancias externas; los pensamientos, los sentimientos y los sueños también pueden modificarse y cambiar.

Muchas mujeres sienten la atracción de la soledad lle­gado este momento, y quieren dedicarse a reflexionar, expresarse, desarrollar su vida interior, o simplemente quieren tomarse un tiempo libre, al margen de los de­más. Es necesario, sobre todo, disponer de tiempo in­terior cuando comienza una nueva etapa de tu vida. Una anciana almacena y decide cuáles serán las di­mensiones de su jardín, y lo que plantará en él, cuando llegue su estación.

Las mujeres siempre han tenido que hacer malabarismos con los distintos papeles que encarnan. Eso era innegable cuando la mayoría eran amas de casa y madres a dedicación completa; y en la actualidad, que las mujeres además poseen un trabajo o ejercen una profesión eso es más cierto que nunca. La vida de una mu­jer siempre requería flexibilidad y el dominio de diver­sas habilidades, pero la vida tradicional como tal era mucho más predecible

Durante los años más significativos de la madurez son muchas las mujeres sabias que, aunque aman su profesión, deciden trabajar menos, escogen respecto a sus proyectos futuros o se centran en objetivos más ambiciosos y creativos. Para otras, en cambio, la jubilación puede ser liberadora. Por fin, contamos con tiempo para nosotras mismas, para nuestros objetivos, para desarrollar la creatividad, los pasatiempos y las aficiones. Finalmente les ha llegado la hora, a ellas y a nosotras.

La jardinería requiere atención. Existen plagas in­significantes y grandes plagas destructivas contra las cuales tenemos que tender una barricada. Donde yo vivo, por ejemplo, las familias de alces contemplan nuestros jardines como si fueran restaurantes. En cuan­to a los jardines metafóricos, la amenaza, por lo general, viene bajo la forma de bípedo. Como ya saben des­de hace tiempo las mujeres que trabajan en casa, si no construimos unos límites sólidos que protejan nuestro propio tiempo, los demás dan por sentado que pueden entrometerse en nuestra vida priorizando sus necesida­des. Cuando nos jubilamos, la habilidad de mantener intactos nuestros límites es absolutamente necesaria. El jardín que somos nosotras es el que necesita, más que ningún otro, disponer de buena mano para las plantas y de vallas muy resistentes.

SHINODA BOLEN Las brujas no se quejan
Imagen by Sandra Bierman

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