domingo, 10 de marzo de 2013

Las Brujas no se Quejan: Onceava regla



11. LAS ANCIANAS NO IMPLORAN
El reconocimiento instantáneo de aquella risa que significa "sé exactamente lo que quieres decir" se oyó un día en que una anciana atrevida presente en un círculo de mujeres dijo: «Yo ya no imploro un gesto de aprobación». Sin duda alguna se trataba del típico comentario  "de esos que se centran en el pasado, claro,
no en el presente", sobre la necesidad imperiosa de satisfacer a un hombre, y todas las que se rieron en el


fondo lo reconocían de mala gana. No es que ninguna mujer de la sala admitiera haber implorado en realidad, sino que la sensación les resultaba familiar a todas: el angustioso esfuerzo por complacer y mostrarse com­placiente, sin olvidar las preguntas silenciosas que iban parejas al tema: «¿Soy lo bastante buena, o bien lo bastante bonita?». «¿Te complazco?».

¡Qué tristes y patéticas éramos durante los horribles años en que nos veíamos raras y pensábamos que nos rechazarían, y cómo nos sentíamos aliviadas cuando éramos aceptadas! Han pasado varias décadas desde los tiempos del instituto, y, sin embargo, muchas mujeres conservan recuerdos vividos de los tiempos en que ser popular importaba realmente. Palabras mezquinas e irreflexivas pronunciadas entonces todavía conservan hoy su veneno. Cuando llevar ropa de la marca adecuada contaba, y cuando todavía importaba más con quién nos dejáramos ver, las amigas sin estilo o poco agraciadas se veían postergadas a medida que se iban formando nuevas pandillas; lo cual ocurría especialmente cuando existían los clubes o las hermandades femeninas. Implorar para que un popular grupo de chicas te aceptara como miembro era el medio seguro de terminar humillada. La inseguridad del adolescente no favorece la compasión; al contrario, fomenta una actitud de superioridad que se basa en denigrar a los demás.

Las mujeres que entran en la menopausia a menudo reviven sentimientos que tuvieron en la época del
instituto porque la menopausia guarda similitudes con la adolescencia. Es un período hormonal y fisiológico de transición e incertidumbre en el que la inseguridad so­bre el propio atractivo vuelve a asomar la cabeza. Las mujeres jóvenes y las menopáusicas se ven demasiado gordas o demasiado planas, o todo les sobra, o todo les falta. En cuanto a las ancianas, también sienten que se vuelven invisibles, en especial si el atractivo forma parte de su magnetismo personal.

Desear complacer es normal. No obstante, estar dis­puesta a implorar supera en mucho al querer compla­cer. Pensad, si no, en la diferencia de comportamiento entre el perro apaleado que se arrastra y mueve la cola al mismo tiempo y el cachorrillo sano que se contonea encantado y ansia complacer. La naturaleza ha hecho vulnerables y graciosas a las crías de todas las especies como señuelo para atraer las cualidades protectoras y nutricias de los adultos. Todos venimos al mundo para ser amados, lo cual es un ingrediente esencial en el desarrollo del cuerpo y la psique. Si nos aman, nos aceptan y nos tratan bien, no imploramos; actuamos con naturalidad y espontaneidad.

Mientras que las mujeres maduras coinciden en que «nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento  dicho atribuido a Eleanor Roosevelt (que se convirtió en una anciana sin poder beneficiarse del movimiento), creo que sin el Movimiento para la Libe­ración de la Mujer sólo alguien excepcional podía convertirse en una anciana.

SHINODA BOLEN Las brujas no se quejan
Imagen by Sandra Bierman

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