sábado, 28 de septiembre de 2013


PODER DE AMAR
I. MAPA DE LAS EMOCIONES

c. La tristeza
La tristeza es el abandono emocional sentido cuando nuestras expectativas y deseos sufren una decepción. La tensión de la espera se desvanece y la tristeza duele porque supone separamos de aquello a lo cual nos apegábamos, sea un beso de buenas noches, una medalla de oro o un romance, y convivir con la pérdida. Todos conocemos las señales de tristeza: ojos cansados, cara larga, espalda inclinada, hombros caídos, brazos colgantes, pies que se arrastran y voz lánguida. La tristeza es una especie de marchitamiento. Como es de suponer, luchamos contra la tristeza con todas nuestras fuerzas. Deseamos la felicidad, y su búsqueda 
es un derecho inalienable, una obsesión universal. Creemos que la forma obvia de ser felices, de poseer el encanto y la chispa de la felicidad, es evitar la tristeza. Sin embargo, lo cierto es lo contrario. El verdadero gozo es posible sólo mediante la aceptación de la tristeza inevitable, pues ésta es la reacción sana ante el fracaso de expectativas, algo ineludible en la vida.

La tristeza es el medio transformador que nos permite ablandar nuestra rigidez y diluir nuestro anhelo de seguridad, estabilidad y garantías ante la inevitabilidad del cambio y la necesidad de crecimiento. El desafío consiste en aceptar nuestra ineludible vulnerabilidad y acoger la experiencia de tristeza cuando ésta llegue, como liberación necesaria para vivir saludablemente con el cambio. Nunca deberíamos rebajar nuestras expectativas ni nuestras necesidades reales para escapar al dolor de no satisfacerlas; más bien deberíamos ir en busca de lo que queremos, lo que necesitamos, lo que realmente nos satisface, y, literal y figuradamente, cantar los blues si no lo obtenemos.

Eludir la tristeza tiene como consecuencia una felicidad superficial, una especie de vida en un limbo de risas que enmascara una evidente corriente subterránea de depresión. Son muchas las vidas que sintonizan sólo esta emisora.

La observación de Thoreau es más válida que nunca: la mayoría de las personas llevan una vida de callada desesperación, es decir, vidas de miedos, iras y tristezas disfrazadas.

Como todo el mundo sabe, los niños lloran mucho. Van con toda resolución hacia algo, se encuentran con un obstáculo y lloran para protestar. La vida siempre se encarga de decepcionarlos y ellos no reprimen sus desdichas. Una vez que lloraron, ya está, no quedan rastros de depresión. Sin embargo, muy pronto se les enseña que el llanto y la tristeza no son buenos y deben evitarse en lo posible: "Vamos, no llores", "¿Qué te pasa ahora?",

La tristeza señala la necesidad de soltar un apego. Es un síntoma del corazón digno de atención. Cuando aprendamos a cantar los blues de nuestra vida, descubriremos pronto que expresar la tristeza siempre nos depara alegría. Cuando la vida nos decepciona y marcha en contra de nuestros más acariciados deseos, la auténtica respuesta es la tristeza, cuya energía limpiadora permite el libre flujo de los demás sentimientos

Gabrielle Roth Mapas al éxtasis Enseñanzas de una chamana urbana



No hay comentarios:

Publicar un comentario