viernes, 25 de octubre de 2013

Cuando una mujer lleva demasiado tiempo lejos de casa, cada vez se siente menos capaz de avanzar por la vida. En lugar de tirar de un arnés elegido por ella misma, cuelga del que le han impuesto. Está tan exhausta y aturdida que pasa cansinamente por delante del lugar en el que podría hallar alivio y consuelo. La camada muerta está integrada por ideas, tareas y exigencias que no dan resultado, carecen de vida y no le aportan
 ninguna vida. La mujer que se encuentra en semejante estado palidece pero se vuelve irritable, es cada vez más exigente pero, al mismo tiempo, está más dispersa. Su vela arde y es cada vez más corta. La cultura popular lo llama “consumirse”, pero es algo más que eso, es HAMBRE del alma. Cuando se llega a este extremo, NO queda más remedio que hacer una cosa; la mujer sabe finalmente, NO que QUIZA o que a lo mejor volverá a casa sino que TIENE que volver a casa.
Experimentan desasosiego. Sensación de privación. Nostalgia. Y no se trata de un malestar transitorio. Es algo permanente que se va intensificando conforme pasa el tiempo.
Pese a lo cual, las mujeres siguen con sus rutinas cotidianas, miran con expresión sumisa, sonríen con afectación y se comportan como si se sintieran culpables. “Sí, sí, ya lo sé —dicen—. Tendría que hacerlo, pero, pero, pero … ” Los “peros” de sus frases son la señal de que han permanecido demasiado tiempo en el mundo exterior.
Clarissa Pinkola Estés
Imagen Christian Schloe

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